RAFAEL DE ROJAS descubrió que lo suyo era el turismo yendo y viniendo del Ayuntamiento para un diario local castellano. La siguiente década y media la pasó consagrado, a la manera de un cartujo, al periodismo de viajes. Alterna guías vitales en folletín con crónicas de destinos en los que se ve que siente predilección por las cosas nuevas y brillantes, como las urracas. No lo hace con mala intención.
El secreto está en leer bien: lo que tienen en común el periodismo de viajes, el periodismo gastronómico y el periodismo cultural es la palabra periodismo, que sale en los tres. Cada vez que hago la maleta y -sobre todo- cada vez que abro un documento, miro de reojo todos los recursos a mi alcance como quien repasa el escaparate de una juguetería. Sé que el periodismo avanza despacito, pero, a lo mejor, ya es hora de dejar de hacer de todos los reportajes el mismo reportaje coincidiendo con que, más o menos hoy, se cumple siglo y medio desde que Mariano de Cavia quemara el Prado, cien años de que Julio Camba contara un viaje de prensa a Málaga hablando sólo de sus compañeros y cincuenta de que Hunter S. Thompson se emborrachara en el derby de Kentucky y lo tratara de recordar en 20.000 palabras. Soy un periodista de viajes con más de veinte años de experiencia. No tecleo, escribo.




